03 agosto 2013

Naranjas

Tomaste con fuerza el hilo blanco y en sus dos extremos estabas tú, a la izquierda palabras de azúcar, se escapaban de tu boca líquida y cabeza insegura, tontas enamoradas levitaban en el aire.

El hilo se inclinaba hacia la derecha, de él pendían unas naranjas hermosas y amargas que bailaban misteriosas al antojo del destino.

Agridulce sabor la de su confitura, me acordé que ya apenas te recuerdo. Naranjas amargas, travesura del sol, rico sabor. Fiesta de olores, locura de pasiones inconfesables.

Tu aroma me sabe a naranjas.



Marta Martín :)







09 julio 2013

El caleidoscopio de Carlota

"Carlota la que flota"

Esta era la frase que escuchaba Carlota todos los días, aunque a ella parecía no importarle, en el fondo contenía la risa dignamente, para no denotar su carácter ante sus compañeros. Ella, que era de espíritu inquieto se burlaba de ellos, sacándoles  la lengua al tiempo que arrugaba la nariz. Una nariz que era como un tobogán.

Se podría definir a Carlota, como la pipi calzas largas moderna, salvo tres rasgos que le hacían auténtica y única, su tono de pelo era caoba, portaba unas grandes gafas amarillas con forma  de corazones  y no era tan delgada como pipi, lo que dejaba ver unos lustrosos mofletes que invitaban a pellizcárlos.





Carlota, tenia 9 años, y guardaba con mucho mimo un objeto que hacía las delicias de sus fantasías. Un caleidoscopio, que le regaló su abuelo Mateo. Su querido abuelo Mateo.

Sentada, al filo de la cama, con las manos escondidas bajo sus piernas, recordaba el día que su abuelo se lo regaló.

_Carlota, ¿sabes lo que tengo entre las manos?
_ No lo sé abuelo... ¿un catalejo?
_ No, exactamente, aunque por su forma podría ser. Cilíndrico, alargado, se utiliza de la misma forma,    y ambos dos sirven para ver realidades. Pero a ver si sabes responderme, ¿en qué se diferencian Carlota?
_ Uhm...
_ Verás...El catalejo permite ver de cerca objetos lejanos y el caleidoscopio, permite acceder a una realidad de colores jamás nunca vista. Cuando utilizas el caleidoscopio, el tiempo y el espacio no existen, el movimiento y las formas son tan bellas, que no puedes dejar de mirarlas.




Me gustaría Carlota, que algún día, cuando yo parta, y no puedas recurrir a mi para contarme tus pequeñas y grandes cosas, cojas el caleidoscopio, palpes el papel blanco que lo recubre y poses tu mirada en él. Mira, y atrévete Carlota, y no dejes que tus sueños se conviertan en grises, deja que los colores y las formas los bañen.

Abuelo, ¿por qué el papel pintado está en blanco? Mi querida nieta pizpireta, porque te corresponde a ti pintarlo.

Come como siempre. Ama como nunca. Reza eternamente. Y cuando te sientas desorientada, asómate al mundo.

Y Carlota, así lo hizo, asomó de nuevo sus manos,  y se dirigió a coger el caleidoscopio, lo tomó dulcemente y empezó a girarlo. La magia brillaba con luz propia en el cuarto de la pequeña Carlota.


PD: un guiño para la palabra caleidoscopio, tan única que no tiene sinónimos.


Marta Martín


01 julio 2013

Equinoccio

Quiero cogerte pero si lo hago me abraso, salto fuerte para tocar tus puntas de hilo dorado que serpentean dibujando en el aire palabras de certeza.

Eres único, al reír y arder al mismo tiempo, Lorenzo si te probara...sólo un pedazo de ti me bastaría para saber que eres miel de oro, que al roce de tu esplendor y al movimiento de tus cabellos,
emanan de ti  reflejos de color cereza que me hacen levitar, pero dile al viento que sople y que me diga quién eres.

ffsfsffsffsfs....el Sol

Eres misteriosa, y guardas secretos que tu cara delata. Eres plata. Creo que me guardas, cuando me sumerjo en la profundidad de la noche oscura de mi alma .

Quién eres? Dile a las estrellas que lo reflejen en el cielo.

Soy Catalina, la Luna*

¿Por qué nos buscas?

¿Recuerdas los pasos del baile perfecto del día y la noche en el equinoccio?.

Tú sol y tú luna, enredados en el cenit de vuestro amor, en el albor que no perece jamás, hacéis ambos dos, debate, poesía y locura de mis pasiones.

23 junio 2013

La isla prohibida

En la isla prohibida, el tiempo tal como lo conocemos no existe. Es el paraíso de las delicias, un lugar de difícil acceso, rodeado de flores salvajes, flores de pájaro y de fuego, que se abren al crujido de tus pasos. Las hojas no son naturalmente verdes, esas hojas de la isla, son delirios de belleza, vestidas de piel de pavo real, galantes, erguidas que responden y coquetean al estímulo de tu presencia.


El cielo del paraíso, es algo indescriptible, recuerdo cómo susurrabas al aire sus colores y decías suavemente: amarillo la  realidad, azul la vida, violeta el sueño, el paraíso existe, es esta isla prohibida.



El agua, es trasparente y fluye ligera y calmadamente por los recovecos y escondites de esta isla. La imagen es permanente. ¿Por qué te gusta reflejarte en el agua? Líquido que me despierta, gotas que se escurren entre mis dedos y dejan mis manos húmedas. No te secas nunca.





Las voces de la isla no son más que las propias de un paraíso verde, el remanso de paz no se rompe al canto de ningún animal. El sonido es placentero, aquí, puedes atraparlo y ponerte la melodía que más te guste en el oído y esperar con atención sus palabras. El sonido te habla.




La temperatura es aquella que nos hace sentir bien, es cálida como la brisa que ayuda a las nubes a descender hasta la manta de arena. Una vez sobre ellas, descansamos la cabeza, el corazón, el cuerpo, y descubrimos el sentido de flotar con levedad.

Desde la isla no se divisa ningún horizonte, ni a babor ni a estribor, en proa tampoco, quizás porque la isla prohibida es el mismo horizonte.




Este sueño impenetrable no es único, existen tantas islas prohibidas como mentes dispuestas a crearlas.
Sólo hay una llave que abre tu isla y dos viajeros que saben cómo hacerlo.



Si crees, aunque no la veas, que tienes tu propia isla prohibida, recuerda que el acceso no es sencillo, pero un paraíso repleto de vida te espera.

Suerte en este viaje que promete ser maravilloso.

Marta Martín








30 mayo 2013

El silencio también habla




El vaho salía a bocanadas de la nariz y de la boca de Frederic, esto no era un hecho extraño, pues el lugar que le había visto nacer Oymyakon, situado al noroeste de Rusia, era considerado, el lugar más frío de la tierra.


El rubio ceniza del cabello de Frederic conjugaba a la perfección con sus ojos castaños. Descendiente de una larga saga de obreros polacos, sus padres, Galya y Stanislav, podían con mucho sacrificio, costearle su educación. La cual desaprovechaba día tras día, pues en clase oía murmullos donde había palabras, y veía globos de colores, en el lugar en el que había profesores.

Un día Frederic envalentonado, se dispuso a preguntar a la encorsetada señorita Uranoska, tan dura, que su presencia hacía de cualquier garganta un  nudo bien amarrado, su mano le temblaba aún teniéndola levantada y su voz todavía inmadura también. Expectante estaba la clase, cuando titubeó “Señorita hurón" todos los niños se rieron al unísono, primero a carcajadas y luego al ver la expresión descompuesta de la señorita Uranoska, las carcajadas cedieron el protagonismo a los fantasmas, a los que estaban acostumbrados. 


Frederic no se atrevió a preguntar nada nunca más.

Ese pequeño tropiezo, su casi mudez natural y el desinterés por los estudios, marcaron su trayectoria en el colegio público Koyta.

Asumió que era diferente y por qué no decirlo, se sentía peor al resto de los niños de la clase de primero, de segundo, de tercero, y así, hasta que el colegio terminó. No le unía nada a ellos, porque... él se sentía feliz conduciendo un
sidecar entre las nubes.

De esta manera, se fue retrayendo cada vez más y más, pero todo lo que llevaba dentro, no. Se sometía a grandes luchas, en el que los guerreros eran: la incomodez y timidez exponencial que sentía al hablar y los deseos latentes que vivían en él, desde que tenía uso de conciencia.

Una mañana se levantó, apoyó sus dos pies en el suelo, al mismo tiempo que crujía la madera de su casa, se dirigió al espejo y quedándose paralizado delante de él, en silencio absoluto, empezó a gesticular, y sus manos daban forma a sus pensamientos y sus expresiones faciales eran poesía en movimiento. El silencio hablaba y adquiría sentido por primera vez.

Practicó, y lo hizo intensamente, ganando de una sentada, todo el tiempo que había perdido. Frederic por fin, había experimentado al mimo que llevaba dentro. “Soy un mimo, un mimo real", se repetía incrédulo, mirándose las manos.

Frederic no dio el salto a ningún trabajo calificado de “digno". Tampoco quiso trabajar en la panadería del íntimo amigo de su padre, el Sr. Porowski.

Fred, empezó a vivir, y a vivir de verdad, su alma expulsaba mariposas cuando se perdía en las calles de su ciudad, y trabajaba como mimo. Sacaba sonrisas de medio lado a los paseantes, con mucho respeto y con una cuanta escarcha en las cejas, regalaba flores a las mujeres e imitaba con gracia, la masculinidad de los hombres.

Frederic, se sintió pleno cuando alcanzó su sueño de ser mimo, un sueño confuso que se mostraba en su cabeza una y otra vez, en forma de imaginaciones y paseos por las nubes, algunos hurones y gran cantidad de globos, globos de múltiples colores.

Que no sea la palabra una dictadura para comunicarse, y que sea el cuerpo, el vehículo universal de expresión. La mudez, es signo de palabras interiores, de mundos significativos y apasionantes para detenerse en ellos, porque el silencio también habla. 

Sean las palabras, de carbón o de almíbar, condena de quién las dice, delicias o pesares de quién las escucha. 


Marta Martín