23 agosto 2013

En un lugar de las montañas

Si has llegado hasta aquí, me gustaría compartir una vivencia de esas que marcan para toda la vida. Hace unos días conocí en un lugar de difícil acceso, diminuto y remoto rodeado de montañas imponentes, a un hombre llamado Juan José, alguien que ya era especial desde que inspiró su primera bocanada de aire.

Ese buen día de verano en el que las nubes encapotaban al cielo, y las campanas colgadas al cuello de las vacas se oían de fondo, tuve la oportunidad y la gracia divina de conocerle.

Mi primer gracias para ti, la persona que has hecho posible este encuentro.

Con cierto nerviosismo sano por conocerle, alimentado tras varias conversaciones sobre él, y con frases que hacían eco como “ Juan José es una persona a la que hay que conocer" esperábamos su llegada. Él no se hizo demasiado esperar, abrió la puerta despacio y asomó por ella, después de realizar religiosamente sus quehaceres en la hornera.

Una sonrisa anciana, y una estatura esperada, fue lo primero que vi, una piel tersa de color maíz tostado, asombrosa para sus 94 años, sus manos eran grandes y estaban algo deformadas, al igual que sus piernas arqueadas, por el castigo ineludible de los años y por el trabajo duro en el campo.

Campos de ensueño con olores innatos de naturaleza salvaje, que le han dado el cobijo necesario en algunas ocasiones y la libertad ansiada en otras.

Su presencia... cómo describirlo, era absolutamente increíble.

¿Por qué él es tan especial? Juan José es sordomudo, y no ha conocido más tierra que la que le vio nacer. Se podría decir que es un lugareño de pura cuna, que sólo ha divisado un horizonte.

Alguien con estas características, nacido en otro tiempo, en un pueblo mágico en algún punto del Norte de España, y desplazado por imperamento social a ser el último de la fila en muchos sentidos y ámbitos, se puede intuir que no ha tenido una vida fácil. Ni él, ni muchos, muchísimos como él.

Sin ahondar más en esta tristeza, que se engrandezca la belleza de su voz y oído, sentidos dormidos. Sin profundizar en su vida pasada, que sea bienvenido su presente, que él atrapa como ninguno. Sin escarbar en lo que pudo haber sido, que sea celebrada su alegría natural. Sin reprochar los designios superiores, demos gracias por tener personas maravillosas como Juan José que si le tiendes la mano juega contigo al corro de la patata, se vale por sí mismo, hace cestas bicolores con ristras de ajos alucinantes, duerme en cuevas al refugio único de las estrellas.

Y va a ser cierto que este lugar cura y engrandece el alma.

Mi última palabra Laura, es para ti, bien grande, alta, hermosa GRACIAS por ser como eres con él.




11 agosto 2013

Viena 1800

La melodía sonaba vibrante en toda la Iglesia St. de John the Baptist, tanto que las notas de alegría y elegancia me invitaron a entrar. En el púlpito, encontré a un hombre canoso, amable, y como era de esperar, amante de la música. Podía llamarse Charles o William, también Robert y tener una esposa, al que le presupongo, llamada Margaret. Aunque yo, prefiero recordarle como el pianista de la Iglesia de Hove.

Satisfecho porque nos habíamos sumado varios espectadores más, los tímidos aplausos del principio dieron paso a palmadas que iban “in crescendo".

Me percaté que sus dedos dibujaban surcos de vejez y de compostura británica, dedos largos y finos, todavía ágiles, que acariciaban el piano y el órgano de forma prodigiosa.

A medida que el concierto se desarrollaba, el tiempo se detenía.

Sin esperarlo, nos encontramos envueltos en un áurea musical y espiritual magnífico, de la mano de Haydn, Mozart, Schubert y Beethoven.

Entonces pensé, cómo seria la Viena de 1800,  no me hizo falta entrar en la máquina del tiempo porque ya estaba allí, rodeada de montañas y colinas que albergaban en sus mantos largas temporadas de nieve y de frío, que se dejaban ver en la población en forma de fiebres altas y estornudos.

Ciudad testigo del encuentro de  las dos Europas, la oriental y la occidental.  Calles inmaculadas, a la tregua de inundaciones, tabernas, hervideros de ilusión, de teatro y de poesía. Ciudadanos artesanos, hortelanos, burgueses, nobles y reales, con gusto por la música y por las aficiones de Palacio, mujeres de tez blanca, con mejillas sonrosadas por el buen vino, cultivadas en educación musical e instruidas en el lujo, envueltas en los manjares del amor, mujeres conquistadas a orillas del Danubio.

Viena, sublime.

Marta Martín :*




10 agosto 2013

Un paseo por las nubes

He visto desde el cielo, la sombra de las nubes reflejadas en el mar. Al escribirlo me he acordado de ti. Desearás que termine mis palabras, leyéndotelas  y mirándote a los ojos con la misma intensidad de siempre, deseando que salgan de mi boca, para pensarlas y preguntarte por ellas, pero éstas que tengo aquí delante, no se piensan, sólo se sienten.

Dueña única de mis palabras, no puedo dejar de pensar que la pureza es así de sencilla, tanto como este punto que aquí termina.

Marta Martín :)



03 agosto 2013

Naranjas

Tomaste con fuerza el hilo blanco y en sus dos extremos estabas tú, a la izquierda palabras de azúcar, se escapaban de tu boca líquida y cabeza insegura, tontas enamoradas levitaban en el aire.

El hilo se inclinaba hacia la derecha, de él pendían unas naranjas hermosas y amargas que bailaban misteriosas al antojo del destino.

Agridulce sabor la de su confitura, me acordé que ya apenas te recuerdo. Naranjas amargas, travesura del sol, rico sabor. Fiesta de olores, locura de pasiones inconfesables.

Tu aroma me sabe a naranjas.



Marta Martín :)







09 julio 2013

El caleidoscopio de Carlota

"Carlota la que flota"

Esta era la frase que escuchaba Carlota todos los días, aunque a ella parecía no importarle, en el fondo contenía la risa dignamente, para no denotar su carácter ante sus compañeros. Ella, que era de espíritu inquieto se burlaba de ellos, sacándoles  la lengua al tiempo que arrugaba la nariz. Una nariz que era como un tobogán.

Se podría definir a Carlota, como la pipi calzas largas moderna, salvo tres rasgos que le hacían auténtica y única, su tono de pelo era caoba, portaba unas grandes gafas amarillas con forma  de corazones  y no era tan delgada como pipi, lo que dejaba ver unos lustrosos mofletes que invitaban a pellizcárlos.





Carlota, tenia 9 años, y guardaba con mucho mimo un objeto que hacía las delicias de sus fantasías. Un caleidoscopio, que le regaló su abuelo Mateo. Su querido abuelo Mateo.

Sentada, al filo de la cama, con las manos escondidas bajo sus piernas, recordaba el día que su abuelo se lo regaló.

_Carlota, ¿sabes lo que tengo entre las manos?
_ No lo sé abuelo... ¿un catalejo?
_ No, exactamente, aunque por su forma podría ser. Cilíndrico, alargado, se utiliza de la misma forma,    y ambos dos sirven para ver realidades. Pero a ver si sabes responderme, ¿en qué se diferencian Carlota?
_ Uhm...
_ Verás...El catalejo permite ver de cerca objetos lejanos y el caleidoscopio, permite acceder a una realidad de colores jamás nunca vista. Cuando utilizas el caleidoscopio, el tiempo y el espacio no existen, el movimiento y las formas son tan bellas, que no puedes dejar de mirarlas.




Me gustaría Carlota, que algún día, cuando yo parta, y no puedas recurrir a mi para contarme tus pequeñas y grandes cosas, cojas el caleidoscopio, palpes el papel blanco que lo recubre y poses tu mirada en él. Mira, y atrévete Carlota, y no dejes que tus sueños se conviertan en grises, deja que los colores y las formas los bañen.

Abuelo, ¿por qué el papel pintado está en blanco? Mi querida nieta pizpireta, porque te corresponde a ti pintarlo.

Come como siempre. Ama como nunca. Reza eternamente. Y cuando te sientas desorientada, asómate al mundo.

Y Carlota, así lo hizo, asomó de nuevo sus manos,  y se dirigió a coger el caleidoscopio, lo tomó dulcemente y empezó a girarlo. La magia brillaba con luz propia en el cuarto de la pequeña Carlota.


PD: un guiño para la palabra caleidoscopio, tan única que no tiene sinónimos.


Marta Martín