02 septiembre 2013
23 agosto 2013
En un lugar de las montañas
Si has llegado hasta aquí, me gustaría compartir una vivencia de esas que marcan para toda la vida. Hace unos días conocí en un lugar de difícil acceso, diminuto y remoto rodeado de montañas imponentes, a un hombre llamado Juan José, alguien que ya era especial desde que inspiró su primera bocanada de aire.
Ese buen día de verano en el que las nubes encapotaban al cielo, y las campanas colgadas al cuello de las vacas se oían de fondo, tuve la oportunidad y la gracia divina de conocerle.
Mi primer gracias para ti, la persona que has hecho posible este encuentro.
Con cierto nerviosismo sano por conocerle, alimentado tras varias conversaciones sobre él, y con frases que hacían eco como “ Juan José es una persona a la que hay que conocer" esperábamos su llegada. Él no se hizo demasiado esperar, abrió la puerta despacio y asomó por ella, después de realizar religiosamente sus quehaceres en la hornera.
Una sonrisa anciana, y una estatura esperada, fue lo primero que vi, una piel tersa de color maíz tostado, asombrosa para sus 94 años, sus manos eran grandes y estaban algo deformadas, al igual que sus piernas arqueadas, por el castigo ineludible de los años y por el trabajo duro en el campo.
Campos de ensueño con olores innatos de naturaleza salvaje, que le han dado el cobijo necesario en algunas ocasiones y la libertad ansiada en otras.
Su presencia... cómo describirlo, era absolutamente increíble.
¿Por qué él es tan especial? Juan José es sordomudo, y no ha conocido más tierra que la que le vio nacer. Se podría decir que es un lugareño de pura cuna, que sólo ha divisado un horizonte.
Alguien con estas características, nacido en otro tiempo, en un pueblo mágico en algún punto del Norte de España, y desplazado por imperamento social a ser el último de la fila en muchos sentidos y ámbitos, se puede intuir que no ha tenido una vida fácil. Ni él, ni muchos, muchísimos como él.
Sin ahondar más en esta tristeza, que se engrandezca la belleza de su voz y oído, sentidos dormidos. Sin profundizar en su vida pasada, que sea bienvenido su presente, que él atrapa como ninguno. Sin escarbar en lo que pudo haber sido, que sea celebrada su alegría natural. Sin reprochar los designios superiores, demos gracias por tener personas maravillosas como Juan José que si le tiendes la mano juega contigo al corro de la patata, se vale por sí mismo, hace cestas bicolores con ristras de ajos alucinantes, duerme en cuevas al refugio único de las estrellas.
Y va a ser cierto que este lugar cura y engrandece el alma.
Mi última palabra Laura, es para ti, bien grande, alta, hermosa GRACIAS por ser como eres con él.
Ese buen día de verano en el que las nubes encapotaban al cielo, y las campanas colgadas al cuello de las vacas se oían de fondo, tuve la oportunidad y la gracia divina de conocerle.
Mi primer gracias para ti, la persona que has hecho posible este encuentro.
Con cierto nerviosismo sano por conocerle, alimentado tras varias conversaciones sobre él, y con frases que hacían eco como “ Juan José es una persona a la que hay que conocer" esperábamos su llegada. Él no se hizo demasiado esperar, abrió la puerta despacio y asomó por ella, después de realizar religiosamente sus quehaceres en la hornera.
Una sonrisa anciana, y una estatura esperada, fue lo primero que vi, una piel tersa de color maíz tostado, asombrosa para sus 94 años, sus manos eran grandes y estaban algo deformadas, al igual que sus piernas arqueadas, por el castigo ineludible de los años y por el trabajo duro en el campo.
Campos de ensueño con olores innatos de naturaleza salvaje, que le han dado el cobijo necesario en algunas ocasiones y la libertad ansiada en otras.
Su presencia... cómo describirlo, era absolutamente increíble.
¿Por qué él es tan especial? Juan José es sordomudo, y no ha conocido más tierra que la que le vio nacer. Se podría decir que es un lugareño de pura cuna, que sólo ha divisado un horizonte.
Alguien con estas características, nacido en otro tiempo, en un pueblo mágico en algún punto del Norte de España, y desplazado por imperamento social a ser el último de la fila en muchos sentidos y ámbitos, se puede intuir que no ha tenido una vida fácil. Ni él, ni muchos, muchísimos como él.
Sin ahondar más en esta tristeza, que se engrandezca la belleza de su voz y oído, sentidos dormidos. Sin profundizar en su vida pasada, que sea bienvenido su presente, que él atrapa como ninguno. Sin escarbar en lo que pudo haber sido, que sea celebrada su alegría natural. Sin reprochar los designios superiores, demos gracias por tener personas maravillosas como Juan José que si le tiendes la mano juega contigo al corro de la patata, se vale por sí mismo, hace cestas bicolores con ristras de ajos alucinantes, duerme en cuevas al refugio único de las estrellas.
Y va a ser cierto que este lugar cura y engrandece el alma.
Mi última palabra Laura, es para ti, bien grande, alta, hermosa GRACIAS por ser como eres con él.
15 agosto 2013
11 agosto 2013
Viena 1800
La melodía sonaba vibrante en toda la Iglesia St. de John the Baptist, tanto que las notas de alegría y elegancia me invitaron a entrar. En el púlpito, encontré a un hombre canoso, amable, y como era de esperar, amante de la música. Podía llamarse Charles o William, también Robert y tener una esposa, al que le presupongo, llamada Margaret. Aunque yo, prefiero recordarle como el pianista de la Iglesia de Hove.
Satisfecho porque nos habíamos sumado varios espectadores más, los tímidos aplausos del principio dieron paso a palmadas que iban “in crescendo".
Me percaté que sus dedos dibujaban surcos de vejez y de compostura británica, dedos largos y finos, todavía ágiles, que acariciaban el piano y el órgano de forma prodigiosa.
A medida que el concierto se desarrollaba, el tiempo se detenía.
Sin esperarlo, nos encontramos envueltos en un áurea musical y espiritual magnífico, de la mano de Haydn, Mozart, Schubert y Beethoven.
Entonces pensé, cómo seria la Viena de 1800, no me hizo falta entrar en la máquina del tiempo porque ya estaba allí, rodeada de montañas y colinas que albergaban en sus mantos largas temporadas de nieve y de frío, que se dejaban ver en la población en forma de fiebres altas y estornudos.
Ciudad testigo del encuentro de las dos Europas, la oriental y la occidental. Calles inmaculadas, a la tregua de inundaciones, tabernas, hervideros de ilusión, de teatro y de poesía. Ciudadanos artesanos, hortelanos, burgueses, nobles y reales, con gusto por la música y por las aficiones de Palacio, mujeres de tez blanca, con mejillas sonrosadas por el buen vino, cultivadas en educación musical e instruidas en el lujo, envueltas en los manjares del amor, mujeres conquistadas a orillas del Danubio.
Viena, sublime.
Marta Martín :*
Satisfecho porque nos habíamos sumado varios espectadores más, los tímidos aplausos del principio dieron paso a palmadas que iban “in crescendo".
Me percaté que sus dedos dibujaban surcos de vejez y de compostura británica, dedos largos y finos, todavía ágiles, que acariciaban el piano y el órgano de forma prodigiosa.
A medida que el concierto se desarrollaba, el tiempo se detenía.
Sin esperarlo, nos encontramos envueltos en un áurea musical y espiritual magnífico, de la mano de Haydn, Mozart, Schubert y Beethoven.
Entonces pensé, cómo seria la Viena de 1800, no me hizo falta entrar en la máquina del tiempo porque ya estaba allí, rodeada de montañas y colinas que albergaban en sus mantos largas temporadas de nieve y de frío, que se dejaban ver en la población en forma de fiebres altas y estornudos.
Ciudad testigo del encuentro de las dos Europas, la oriental y la occidental. Calles inmaculadas, a la tregua de inundaciones, tabernas, hervideros de ilusión, de teatro y de poesía. Ciudadanos artesanos, hortelanos, burgueses, nobles y reales, con gusto por la música y por las aficiones de Palacio, mujeres de tez blanca, con mejillas sonrosadas por el buen vino, cultivadas en educación musical e instruidas en el lujo, envueltas en los manjares del amor, mujeres conquistadas a orillas del Danubio.
Viena, sublime.
Marta Martín :*
10 agosto 2013
Un paseo por las nubes
He visto desde el cielo, la sombra de las nubes reflejadas en el mar. Al escribirlo me he acordado de ti. Desearás que termine mis palabras, leyéndotelas y mirándote a los ojos con la misma intensidad de siempre, deseando que salgan de mi boca, para pensarlas y preguntarte por ellas, pero éstas que tengo aquí delante, no se piensan, sólo se sienten.
Dueña única de mis palabras, no puedo dejar de pensar que la pureza es así de sencilla, tanto como este punto que aquí termina.
Marta Martín :)
Dueña única de mis palabras, no puedo dejar de pensar que la pureza es así de sencilla, tanto como este punto que aquí termina.
Marta Martín :)
03 agosto 2013
Naranjas
Tomaste con fuerza el hilo blanco y en sus dos extremos estabas tú, a la izquierda palabras de azúcar, se escapaban de tu boca líquida y cabeza insegura, tontas enamoradas levitaban en el aire.
El hilo se inclinaba hacia la derecha, de él pendían unas naranjas hermosas y amargas que bailaban misteriosas al antojo del destino.
Agridulce sabor la de su confitura, me acordé que ya apenas te recuerdo. Naranjas amargas, travesura del sol, rico sabor. Fiesta de olores, locura de pasiones inconfesables.
Tu aroma me sabe a naranjas.
Marta Martín :)
El hilo se inclinaba hacia la derecha, de él pendían unas naranjas hermosas y amargas que bailaban misteriosas al antojo del destino.
Agridulce sabor la de su confitura, me acordé que ya apenas te recuerdo. Naranjas amargas, travesura del sol, rico sabor. Fiesta de olores, locura de pasiones inconfesables.
Tu aroma me sabe a naranjas.
Marta Martín :)
24 julio 2013
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